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Variación para un recuerdo

I El tiempo ya, Cecilia, sobre mi alma y en mi cumbre de sombra, es como un viento. Y en el viento una hoja va dorada. Es tu melena de oro en aquel largo amanecer de un baile jubiloso. Hoja al alba del beso desvelado. Yo en medio de la fiesta estaba solo, pero era todo tú cuando caía tu cabeza dorada sobre mi hombro. Las rondas de galanes te seguían, asediando tu cuerpo con palabras que tú sólo en mis manos comprendías. El diván recatado se alargaba un poco menos largo que tu cuerpo y al fulgor excesivo de la lámpara. Tú amenguaste la luz en un reflejo tan escaso y tan pálido que apenas el rescoldo brilló del pebetero. Y yo hallé entre la sombra tus guedejas, y el diván parecióme en ese instante un poco menos largo que tus piernas. Y ardió entonces la lámpara en la sangre, suspensa en la sorpresa del hallazgo por una dualidad de fruta y ave. Al erguirte, tu cuerpo fue más alto que nunca aquella noche y aquel baile porque él llegó a la altura de mis labios. Afuera, en el salón, con tono grave, algún galán filósofo explicaba el "pienso luego existo" de Descartes. Mas ya el tiempo eras tú dentro del alma.... Dime, ¿por tus salones elegantes entre una luz de joyas y de galas surgidas al albor de tus nupciales azucenas de espera resignada, o en tus nupcias, ya de otro tu azucena, no evocaste un momento aquella estancia? ¿Olvidaste aquel mundo que era apenas ese doble hemisferio de tus senos bajo el sol primordial de tu melena? ¿Y aquel instante al pálido reflejo de una lámpara vana en la sorpresa de las manos, los labios y los besos? ¿En tu grato salón, con tono grave, aún tu galán filósofo te habla? ¿A qué otro amor le explicas lo que sabes? El tiempo ya , Cecilia, sobre mi alma y en mi cumbre de sombra, es como un viento. Y en el viento una hoja aún va dorada. Mas es triste la ráfaga del tiempo. II A ti volví una noche porque mi alma caía como un fruto en tu recuerdo. Pero era ya ceniza la manzana. Llegábame tu voz como del eco de otra voz nunca oída y nunca amada, y en mi sueño de amor aún era el sueño tu voz entre otras voces ignoradas, cuando de fronda y alba tus cabellos despertaban los días en tu espalda. ¿Qué te hablan esas voces? ¿Con qué acento dicen ahora la gentil palabra que yo una aurora te enseñé en silencio? Y jamás otra voz, si otra voz canta, dirá lo que el silencio de aquel beso que a tu alondra infantil le enseñó el alba. ¿Qué fácil traje de sensual diseño prolongará en tus hombros la mañana del baile de esa noche? ¿En qué discreto camarín tu cabello es el champaña? ¿Qué amor partirá el mundo en tus dos senos? ¿En qué anillo o qué broche está tu alma? Alguien viene a decirme que el invierno golpea en el cristal de mi ventana. ¿Cuál será la ventana y cuál el cielo? En el trágico viento iba dorada una hoja perenne que en el cierzo otra hoja más cálida evocaba. Así devuelvo al alba mi recuerdo porque nada le falte a la alborada de tu amor, y aún le sobren estos versos. Es tiempo ya, Cecilia, sobre mi alma y en mi cumbre de sombra, es sólo el viento. Y el viento es ya la noche sin el alba. Mas tú fuiste la víspera del tiempo.