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Poema.es

Salmo del progenitor

No es que me dé vergüenza recordarlo. Ahí viene mi padre poniendo en orden las herramientas antes de fabricarme. Siempre tan exagerado para sus cosas: asegurando a sus amigos que mascaría el mar o desclavaría las estrellas para hacer mellizos en menos que canta un gallo. El día que llegó dispuesto a emprender la hazaña le trajo un regalo a mi mamá. Eran flores de papel y ella movía sus grandes ojos donde nadaba libremente el resto del mundo. Entonces mi papá la tomó de la mano y yo escuchando tiritando a la intemperie con mi cargamento alerta de huesos y ojos alrededor. Todo es posible. Escoger a ciegas el destino de 100 años, pedir un capricho mientras se derrumban las galaxias, borrar siempre un nombre en la arena, sentir como el rocío la primera tibieza de la vida y golpear una puerta y ser recibido como después de un largo viaje. Luego escuché el disparo inicial. Se pusieron a levantar mis cimientos. Mi padre moviendo el barro como si fuera el sencillo pan del Universo y mi madre llorando y sufriendo sabiendo de antemano todos los dolores de cabeza que le iba a ocasionar tan pronto como naciera. Y tal como lo predijo, así no más fue.