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El destino del arte

Sobre su caballo venía en una pata y ejercitaba la vitalidad del hecho creado. Luego fue el temblor, el crepúsculo y hoy acantilados. No lo duden, fueron naturales obstáculos y la disciplina arbitraria del hombre. Si les parece que comenzó con el instinto, no olviden que aprendió a criticar En las calles En los particulares trece o equis charcos del criollismo En los nuevos éxtasis del tránsito de los cerebristas En la fragilidad del doble palpitar de las esquinas En la tranquilidad que se anudan las sombras En el sosiego que acecha en la materia En la tregua que se funde en la vereda En el armisticio que acentúa la niebla En la pluma flotando en la poza En los postes clavados al cielo En los grillos que atraviesan En su pecho de adoquines En los neones que cambian de rostro En los silbidos que penetran al sésamo En los matorrales que se echan en el césped En la cintura visible de la versión de los periódicos. Luego, el arte se presentó a las estrellas que tumbaron el hacha de las cigüeñas. Allí encontró un punto, un cabo, una realidad lejana entre sitios eriazos y rodillas afaroladas. Así, se forjó lentamente el proceso artístico de América Por caminos que son hilos que toman el pulso Por rutas que sacuden la rodaja de la distancia Por senderos que rumorean viejas heridas Por los accesos al beneficio propio Por el sueño adiestrado por el miedo Por las formas o los garfios de la moneda Sus viajes Estas imágenes Estas apariencias Estas estructuras. Y murmuran, que todo ocurrió para recordar al antiguo ser coloreado de fantasía o en el equipo que ama al maestro o en los escaparates de revistas sin puerta de escape.