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Un bel morir...

De pie en una barca detenida en medio del río cuyas aguas pasan en lento remolino de lodos y raíces, el misionero bendice la familia del cacique. Los frutos, las joyas de cristal, los animales, la selva, reciben los breves signos de la bienaventuraza. Cuando descienda la mano habré muerto en mi alcoba cuyas ventanas vibran al paso del tranvía y el lechero acudirá en vano por sus botellas vacías. Para entonces quedará bien poco de nuestra historia, algunos retratos en desorden, unas cartas guardadas no sé dónde, lo dicho aquel día al desnudarte en el campo. Todo irá desvaneciéndose en el olvido y el grito de un mono, el manar blancuzco de la savia por la herida corteza del caucho, el chapoteo de las aguas contra la quilla en viaje, serán asunto más memorable que nuestros largos abrazos.