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Sábado a mediodía

Azorado, ceñido el corazón a sus imágenes, frente al intenso resplandor del sol que se endurece entre el tejado de zinc y los cables del alumbrado público, piensa en la ciudad en que ahora vive y se sabe, como en todas, extranjero. piensa en la lentitud del mundo, y las cosas rotundas que ha visto. Símbolos, seres, signos. Todo tan real: el paso de los años, el rito de los hijos enterrando a sus padres, tántos cuerpos amados, sus bocas olvidades, la dulzura del niño perdido, el fragor, el oscuro designio, la incandescencia Reclama un horizonte que no lo petrifique, una patria florida y generosa que dé amor a sus hijos, un color, un movimiento para la imaginación. Cree que hay un lugar donde él iría, un oculto lugar en un bosque, Se siente allí, se imagina una senda esencial: una cierta vereda con muy pocas figuras en la bruma lechosa, un breve cementerio, una fronda cercana de ondulados rumores y ladridos y voces y campanas fluyendo de otros tiempos como sangre... Se sabe tenebroso, es cierto y siente como le crece por dentro la condena.

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