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Mil novecientos cincuenta y nueve

1959 Enfrente de la plaza de frondosos castaños hubo un día un hospicio. El caserón tenía el muro de las cárceles y la melancolía de los buques fantasmas, misteriosos y extraños. Yo era muy niño entonces. Mi madre me llevaba las tardes de domingo de visita a la abuela y al capellán, mi tío. Se bebía mistela en diminutas copas y de todo se hablaba. Era un lugar siniestro donde olía a pobreza, a tabaco, a sotana, pero entraba un sol suave, dulce y desanimado que abría con su llave las prodigiosas cuevas de aquella fortaleza. Por entonces no había ya ningún hospiciano. Vivían los dos solos entre orfanales ecos de sombras y silencio y de sus pasos huecos brotaba el rumor muerto de un armónium lejano. Aunque me daban miedo, y cuánto, los pasillos anchísimos y largos, el negro refectorio o la escalera, el mísero y glacial dormitorio con altos ventanales de polvorientos brillos, aunque temblaba , digo, me pasaba la tarde encerrado en mi cuarto preferido, una sala que daba a un patio oscuro cuya única gala era esa luz felina, agrisada y cobarde. Aquélla era la sala en la Diputación guardaba tras las fiestas gigantes, cabezudos... Yo admiraba sus caras hechas de sueños mudos, de cólera y de risas, de trampa y de cartón. ¡Con cuánta lentitud el tiempo se frenaba! La Tarasca caída llena de palitroques, arlequines, bufones, falsos mozos de estoques... Todo cuanto pasó y entonces no llegaba. Al regresar a casa siempre había llovido y en el jardín de enfrente cogían caracoles unos hombres terribles, prendían los faroles y los últimos pájaros retornaban al nido. Cuando murió mi abuela, me vistieron de luto y tuve que besarla. Estaba amortajada con sayal terciario y el frío de la nada selló también mis labios de nada y de absoluto. Enfrente de la plaza y del viejo convento hubo un día un hospicio. Es todo cuanto pueda tener o recordar, la gastada moneda, las máscaras, el miedo, los despojos del viento.