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Himno (I) (A la luz)

Oh la hermosura de la luz, que habla sin palabras, y toca sin llegarse, y nos sabe aromar sin ser jara ni de rosa forma o tinta mostrar. Oh la frescura de la luz, río ancho, lago profundo, alta cascada, arroyo armónico de sombra y de trinos de hojas verdes y alguna que se cae marchita. Oh la ternura de la luz que, pudiendo cegarnos, sus profundos ojos anida entre su propia alada cabellera inmortal, que nuestro paso aligera, pudiéndonos dejar marchitos en el valle, que nos cura los recuerdos más próximos para que la podamos saludar junto ala muro caído. Oh la cordura de la luz, que nos deja desvariar mientras ella sonríe en el verde del junco, de la avena en el ramo inclinado, y llora un poco en la plata que arrastra la brisa; que prefiere repartirse en lo claro de lo oscuro de la sazón. Oh la dulzura de la luz que se aparta al paso de la muerte y, al punto, es más sustento y más sabor ?abeja intangible y discreta que de sí hace su miel-. Oh la figura invisible y cambiante de la luz, vista siempre hacerse más y más hermosura, más luz entre su luz.