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Poema.es

Relato

Naciste sin quererlo. Tu primer grito pregunta fue, y desafío a la vida y esa vida te contestó con su silencio quedo. Gris la pared amarga de la niñez entre paredes sin colores, entre rostros escasamente dulces, siempre ajenos. Ay, tu estar primero en esa frágil madera quebradiza del vivir, ¡cuan doloroso! Estar primero, mustio estar en la noche. Tu madre fue la ausencia de raíces, tu gran amor, la soledad, la nada. Sin conocer la luz, tus ojos ciegos, jamás distinguen entre luz y noche, y la mudez de aquellos labios fríos que guiaron tus iniciales vacilantes pasos, cerraron tus oídos al zumbante son de la vida alegre, oh alma muda, oh sordo corazón, sin pluma leve de un ave leve y blanca, viajera. Tu grave convivir con esa noche abrió a tu sentir nocturnas sendas de turbia y súbita subida al monte turbio del yo, en el desierto de tu alma. Cerradas las ventanas y las puertas, se protege tu vulnerable ser con sombras de la sombra. La sola mano amiga que encontraste, suaves los dedos de pequeño hermano, señero como tú, y presa de buitres y cornejas como tú, manjar de hormigas, te le arrancara el viento del destino. Buscó tu soledad la compañía y siempre halló la soledad en compañía, buscando en com- pañía, soledad. Volviste a encontrar a tu hermano en otro rostro, en otro cuerpo suave, y su ternura fue dulce pasto de esa boca herida. Mas esa luz tan sólo fue prestada. Y sueño tan hermoso causó en tu vida acerbas pesadumbres. Preso de tu sentir, y prisionero de tu severo corazón sin alas, sufres y con desdén destierras el dolor cual mala hierba, y sufres. Hijo de la nocturnidad, engendras noche. Del dolor hijo, el dolor regalas, suprema nada, nada dolo rosa. Pero a la vida, tú das las gracias, pues recibes de ella un rotundo presente que, pobre, da su resplandor: ausencia.