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Al ropero de Córdoba

¡O, Ropero amargo, triste que no sientes tu dolor! Setenta años que naciste y en todos siempre dixiste: «ynviolata permansiste» y nunca juré al Criador. Hize el Credo y adorar ollas de tocino grueso, torreznos a medio asar, oyr misas y reçar, santiguar y persinar, y nunca pude matar este rastro de confeso.