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LOS ÚLTIMOS VERANOS

Padres: aunque intuyo un vacío que sólo con dolor podrá el tiempo llenar, estos últimos años vuestros son, en verdad, los más bellos años míos; porque, aunque hay un final que puede amenazarlos, los va intensificando el verdadero amor. Sí, por maduros y temibles son los instantes más bellos de mi vida, porque al irse abriendo en mí el vacío de vuestra ausencia definitivamente cierro cada duda del ser y del no ser. (No hay dudas ya en el tiempo del amor). ¿Y qué daría yo por detener esta luz de los últimos veranos, las auroras de oro en nuestras vegas? Todo es verde y dorado en esa luz. Así es que esperadme en el fuego o la nieve de aquellos cielos fríos, de aquellos cielos puros. Sabed que ya no quedan espinos en los nidos de otro días (son tan sólo las zarzas que rodean los huertos y los prados de León; los que tienen un fondo de espadañas, de cicatrices de piedras ferrosas, de adobe enfebrecido, y humedades de tréboles y juncos flotando en madrugadas de silencio). Esperad y que sienta temblar un día más vuestras dos vidas como temblaban álamos de junio (jóvenes y con pájaros) junto a los ríos de mi adolescencia. No vayáis más allá. Que perdure este instante perfumado de muerte y de amor verdadero. No atraveséis aún la frontera infinita.