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Hábitos

Esta vieja costumbre en consecuencia de amanecer cansado cada día con la cara de siempre, el mismo aspecto -cordero estupefacto, ¡no hay derecho!-, la liturgia congénita de mirarme al espejo: descubrirme in fraganti con peineta y dentífrico -no asienta esa conducta en mansa bestia-; conciencia de estar vivo y respirando -con qué objeto, qué sabes-, y otras cosas que, por último, ahora no tolero: la plena autonomía de mis gestos y la fidelidad de mis zapatos.