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Argos

Los caseros no atienden a sus ojos, pero detrás de sus negras pestañas oculta una tristeza tan redonda que apenas le permite la mirada. Por eso algunas veces con la cola, cuando escucha el sigilo de las vacas, dibuja sobre el barro en que reposa retazos de impotencia y de desgana. Y poco a poco el giro de las moscas que rondan sobre él noche y mañana, le han dado un parecido con las cosas que a la muerte se pudren olvidadas. Su hocico respingón ya tiene forma del aullido más último del alma, y de aquella nariz de caracola tan única en los rastros de la caza, cuelga la transparencia de una gota que ya no puede secarse con la pata. Y aunque sigue esperando, de su boca sale de vez en cuando esa palabra con que expresan los perros su derrota; y lloriquea y cae y se levanta...