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Yo no tengo la culpa de esta lluvia

Y te nombré: Sólo para cubrir con voces Esta fosa común, este anticipo De lo que ya no seremos... Si Dios pudiera, terrestre y circunspecto, Desenredarse de su cielo; resarcirse: El hijo que tuvimos No hubiese sido un remedo de su fuga Sino un insecto verde que habría nacido en el mar. Oyes: hay un ruido pertinaz en nuestra sangre. Yo no tengo la culpa de esta lluvia. ¿Quién soy yo para maldecirte? ¿Quién, a la diestra del Hombre Para derramar un veneno A la hora del crepúsculo? ¿Quién para roer esta maldición dulce de tu cuerpo, este rastrojo de la desolación, este crujido? ¿Acaso tengo derecho a las sílabas de odio O el deber de encontrarme en tus cicatrices mías, Y morir en el fondo de tu vida, de esta agua salobre Que regurgita en tu beso, de esta insensatez Que se desploma con tu ausencia? ¡No hay mejor argumento Que esta distancia atroz que nos exhuma! Esta lluvia que no es mía pero duele Como un elefante sobre la aorta. Este mar discontinuo donde se perdió tu nombre. Ahora que viene el mar tú ya no estás.