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Carta al lobo

Querido Lobo: Llego aquí después de cruzar el mar abierto del bosque, el mar vegetal que habitas, el abierto de ira en la oscuridad y en la luz que lo cruza a hurtadillas, en su densa, inhabitable noche de aullidos que impera incluso de día o en el silencio, mar de resmas de hojas que caen y caen y crecen y brotan, todo al mismo tiempo, de yerbas entrelazadas, de mareas de pájaros, de oleadas de animales ocultos. Llegué aquí cruzando el puente que une al mundo temeroso con tu casa, este lugar inhóspito, inhóspito porque está la mar de habitado, habitado como el mar. En todo hay traición porque todo está vivo... Por ejemplo, aquello, si desde aquí parece una sombra, ¿hacia dónde caminará cuando despierte? Como fiera atacará cuando pase junto a él, cuando furioso conteste al sonido de mis pasos. Así todo lo que veo. En todo hay traición ...era el camino, lobo, la ruta que me lleva a ti... Escucha mi delgada voz, tan cerca. Ya estoy aquí. Escoge de lo que traje lo que te plazca. Casi no puedes mirarlo, insignificante como es, perdido en la espesura que habitas. Estoy aquí para ofrecerte mi cuello, mi frágil cuello de virgen, un trozo pálido de carne con poco, muy poco que roerle, tenlo, tenlo. ¡Apresura tu ataque! ¿Te deleitarás con el banquete? (No puedo, no tengo hacia dónde escapar y no sé si al clavarme los dientes me mirarás a los ojos). Reconociéndome presa y convencida de que no hay mayor grandeza que la del cuello de virgen entregándose a ti, ni mayor bondad que aquella inscrita en tu doloroso, lento, interminable y cruel amoroso ataque, cierro esta carta. Sinceramente tuya, Carmen.