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Desde donde nace la voz (I)

Desde donde nace la voz, la voz plena, sin ortografía ni sintaxis; la voz plena, sin los etcéteras de la impotencia; la voz plena, sin los énfasis angustiosos; la voz plena, desnuda de síes y noes; la voz plena, que sembramos sobre nuestras camas cuando somos un solo ser solitario y no cabría en el universo nuestra conciencia enorme de ser vivo y despierto. Desde esa voz y con esa voz quiero hablarte para siempre, simplemente hablarte. No puedo darle la novedad luminosa de los telones amanecientes. No puedo caer en los ríos para describir en piedra este taloneo de amargos afanes. No puedo quedarme en las cosas eternas porque tengo sangre, tengo pies, tengo adioses en el pelo y olvidos en los ojos. Hay dentro de mí un llamado de caminos. En cada paso que doy, voy dejando pañuelos mudos. A mi ausencia en tu ausencia, ¡qué inmenso himno de desconsuelo empiezo a recordar entre un ayer y un mañana (no vivido!; pretendo dejar algo de mi voz, esa voz plena que tú conoces cuando a orillas de la noche olvidamos la cadena de hormigas, las llaves que resbalan en los pavimentos, las hojas verdes que mueren a diario en las calles y en los archivos. Cuando frente a las estrellas juntos oponemos, desde distintas ramas, un desafío de ser brillante. Cuando sobre las camas, desfiguradas por el cansancio en nubes terrosas que peregrinan, todo lo vemos y lo sentimos con la agudeza de almas castradas, intoxicadas de una ternura sin puerta. Hermano, desde donde nace la voz plena, recíbeme con esta dádiva impotente. Y en la larga mudez de mi ausencia, recuerda el desvelo de mi lucha con la palabra.