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Quietud

El ojo de la noche descubre el pálido abandono y absorbe hasta el negro su blancura. He aquí un espejo vacío que alcanza la otra cara del vacío. He aquí una apertura sin fin y sin confín. ¡Mira como el amante huido se borra para sí y es una gota de dolor que el veneno alimenta de vana blandura! La quietud sin horizonte abre las venas del aire y el aire arranca al desierto de mi boca. Y vuelve mi caballo a Pasargadas arrastrando el espectro del deseo mientras esbozan sus cascos vanos indicios de movimiento en la arena, borrados de inmediato por el viento.