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Sonetos bíblicos (IV) David

¡Oh Betsabé, simbólica y vehemente! Con doble sed mi corazón heriste Cuando la llama de tu cuerpo hiciste Duplicarse en la onda transparente. Cerca el terrado y el marido ausente, ¿quién a la dicha de tu amor resiste? No en vano fue la imagen que me diste Acicate a los flancos y a la mente. ¡Ay de mí, Betsabé, tu brazo tierno, traspasado de luz como las ondas, ligó mis carnes a dolor eterno! ¡Qué horrenda sangre salpicó mis frondas! ¡En qué negrura y qué pavor de invierno se ahogó la luz de tus pupilas blondas! 25 de agosto, 1944