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No hubiera amor más grande

«He visto los mejores cerebros de mi generación destruidos por la locura, famélicos, histéricos, desnudos.» Allen Ginsberg Ese de cuya sangre emerge la condena, el que veis, ahí, muriendo, casi deshecho y frágil, es mi padre. Me niego a confesaros que lo fue porque su carne vieja, su mirada podrida, es la de un hombre. Y es su muerte mi muerte, es mi condena. Él, que apilaba imperios de sonrisas, que acariciaba el mar y agarraba en la noche pedazos de fantasmas que le amaban, ahora, es sólo un fantasma. Mi padre es el fantasma que recuerda que sí existe la muerte, que es un cáliz, que es un pozo fatal, que es otra cosa distinta a esta desgracia de ser hombres condenados a esto. Este que veis aquí, tendido ante la sangre de mi sangre, este cristo llagado que, sin nombre, babea y nada puedo a su costado, .es un muerto de amor, es otro muerto. No toquéis esos ojos de mi padre, no enturbiéis su presencia, dejad que en su crueldad ame la muerte como me amara a mí, encendida de pus en la mañana.