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Poema.es

Ellos, los muertos

Son los que nunca dan la mano Pero abren la boca del lobo Los que esparcen la espuma amarga Que rezuma de las iglesias Los que de pronto se bifurcan Entre el delirio y el olvido Su sombra desborda la tierra pero la brizna los oculta Nacieron de bellos revólveres De largos años y promesas Saltaron de turbias catástrofes O del fuego de los amores O de encuentros entre las moscas ¿Pero quién ama esas hamacas Que cuelgan de tanta pereza? ¿Quién reniega de su miseria? Se convierten en cerrojo En un cangrejo en una lágrima Los pájaros cruzan indemnes Su salvaje museo de cera Tatuaje amargo del desierto No hay ramas en ese lugar No hay naranjas sino horizonte Tantas cabezas sin colores Para el frío para el silencio El aceite de los eclipses Se dilatan en el recuerdo Hacen un perro con la lluvia Hacen fuego con un zapato Envuelven en hiedras el muro Aúllan guardando silencio En sus fríos nidos ocultos Absurdos como una plegaria Como la esperanza insensata De recobrar la antigua llave La alianza del cuerpo y del alma He aquí la tierra con su peso He aquí la luz con su amenaza Contra ellos tan sólo esta sed Este furor que espera nada ¡Oh belleza de lengua cálida Hechizada por su demonio! Mi único cielo es su caricia Su tesoro mi manicomio Es el sol con su llamarada La vida ávida y su rito La vida que teje su historia Sin sentido sin esperanza Ellos hacen chirriar las flores Son sólo sábnas desiertas Atraen las piedras a su sombra El agua inmóvil de los pozos Pero ahora los ignoramos Decimos adiós a los muertos Hoy somos los únicos dueños De un universo abandonado La luz del sexo los insulta ¡La eterna sangre que se abrasa! Un vivo dios intraducible Sin más victoria que su jaula