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Mi madre ya no ha ido al mar

Mi madre ya no ha ido al mar lleva una buena cantidad de años tierra adentro, un siglo de interioridad cumpliéndose. Se ha resecado de sus hijos y vive lejos en toros consanguíneos. Es como una escultura de sí misma y sólo el mar que quita el fárrago acumulado en la ciudad puede acercarla a su pasado, hacia su muerte verdadera, y hacer que crezca nuevamente. Mi madre necesita algún estruendo entre los pies, Una monótona insistencia en los oídos, una palabra adversa y simple que la canse, y necesita que la llamen, oír su nombre en otros labios, pedir perdón y hacer promesas, ya no se tropieza en nada sustantivo. Y yo tengo que armarme de valor para llevarla al mar armarme de mis años que he olvidado, reunirme con mi madre en otro tiempo, con un yo mismo que enterré y que ella guarda sin decirme nada. Tengo que armarme de valor para perder confianza en lo que sé, tengo que regresar al día en que mi risa quedó trunca entre las páginas de un libro, cerrar el libro y completar la risa, cerrar todos los libros y reírme, cerrar todos los ojos que he ido abriendo para que nadie me agrediera. Estuvo bien ya de crecer, es hora de desdibujarme, lo que aprendí enhorabuena, lo que olvidé también, es hora de ser hijo de alguien y de tener un hijo y un esqueleto para ir al mar, para morir con cada hueso sin pedir ayuda. Salí hace años a rodearla a ella para volver al mar más solo o acaso fui a rodear el mar para ser hijo de otro modo de mi madre, ya no me acuerdo qué buscaba, nadie recuerda lo que busca, mi madre ya no ha ido al mar, es todo lo que sé, y no llevarla es no reconciliarme con el mar, no ver el mar como se ve después de niño, también no ver cómo es mi madre ahora, no saber nada de mí mismo.