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Perversidad indefinida

Por este bello frasco hoy soy capaz de terminar tu historia. Míralo entroniza do: sólo una de sus gotas marca el lí- mite de tu perímetro sobre la sábana e inspira el adjetivo justo del antiguo deseo. Debo reconocer que en otro tiempo sentí hospitalidad donde hubo aroma. Pensé yo que adoraba el gesto hidalgo, la soterra da tecla, el paseo ilustre sobre un fla- mante coche de alquiler y la llegada de tu bondad legisladora (doble llave) cual si viniera de celebrar sus Cortes de Toledo. Mas no fue el hombre sino su bálsamo lo que acotó la seductora geografía. No fue la voz acariciante, las ínsulas soñadas, el último dietéti- co capricho -tu zona de poder- en mi despensa lo que inundó de luz la tarde pudorosa sino el viento que ataba la prolongación tenue de mi desasosiego. Ay, portero de noche, dulce mío, te debo confesar que fue la huella del perfume que se extendió en tu cuerpo lo que yo amé y él sólo fue partícipe y testigo de la hermosa mentira.