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Agnus Dei

I Hermoso lobo blanco, Ángel viejo, Mi padre: Ahora que los días están idos Y que un rubio verano me acompaña, Es tiempo de una carta. ¡Hay tantas cosas que no quedan dichas! ¡Hay tanto amor que siempre nos negamos por humanos y débiles, por hombres confundidos! Y esa oquedad hay que salvarla, padre, No sea que después los precipicios Nos dejen sin palabra, O con palabra extraña que no podemos ni siquiera oírla. II Se puede retornar sobre la vida. No sobre el tiempo, porque él es fijo, exacto Y no admite reveses de los hombres; Pero quedan caminos, padre mío, Que nunca conocimos. Hay rutas misteriosas que bordean Las entrañas del alma Y que por laberintos de extrañeza Conducen a uno mismo. III Al recordar mi aurora El perfil de tu ausencia se agiganta. Sólo tengo noticias de aquel ángel Que vino de lo austral, Dejó mi nombre, Me dio en herencia una voz que se apagaba Y se volvió a su dominio extraño. Después? la oscuridad, Múltiples manos, Desconocida entraña haciendo florecer Los musgos de mi sangre, Y tu ausencia? Tu ausencia Signando la caricia restituida Y el beso que no llena Porque no viene con aliento de alma. La intuición de mi mundo despertaba Añorando tu mano Y el ido corazón del que mis venas Eran prolongación de mi nostalgia. Así, de muy pequeño, Aprendí a quererte en el silencio Que imponen las ausencias Y a reconstruir tu rostro Con la cara feliz de mis estampas. Te imaginaba como un santo grande, Con excelsos poderes; Y a veces te veía tan pequeño Como cualquiera de todos mis juguetes. Fuiste oso, papá, Soldadito de plomo, Indio de trapo Y San Miguel Arcángel. ¿Qué les quedaba a mis días solos si no era imaginarte entre las cosas que a diario me rodeaban? ¿Qué más podía hacer, si yo te amaba, y tú sabes muy bien que aquel que ama busca el rostro querido o lo imagina, o lo construye con recuerdos tenues? Fue porque tú no estabas, viejo mío, Que muy temprano supe la nostalgia De las largas esperas, De aquellas que viven aún en contra De la desesperanza, Aun tu ausencia era una enseñanza; Pero qué dolorosa, Y triste, Y solitaria. IV Al fin vino tu rostro A dar respuesta a mi pregunta interna. Mi universo interior estuvo florecido ? porque te conocía. Las voces que me hablaron de tu nombre, Los santos, Los juguetes, Mis imaginaciones: Resultaron pequeños. ¡Eras más grande de lo imaginado, más poderoso que mis construcciones! Te amé entonces, aún más, Y entonces ya mi amor tenía rostro.

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