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Peregrinación al Santuario de la Virgen de las Peñas

Clavada ahí donde estás, entre las peñas del valle de Azapa te miro otra vez. He llegado de rodillas, sin zapatos transitando el estrecho camino y te ofrezco mi sangre derramada ahora y todos estos años, Santísima, para que intercedas por mí ante Él que como él no me quiere escuchar. Dile, Señora, que perdone la falta de dolor y contrición dile que algún día, si me escucha, lloraré con pesar todas esas lágrimas que le debo: ahora sólo el deseo de su amor me anima, nada más me importa. Así hablé, entre lágrimas y gemidos junto a cientos           de devotos mancos, cojos, paralíticos, ciegos. Y de pronto una voz que parecía venir del cielo dijo: Las penas de amor no le competen a la Santisima ni a Él. Ellos tienen asuntos más urgentes que atender. En el camino de vuelta, cruzando barrancos y abismos supe, una vez más y para siempre, que mi plegaria no sería atendida. Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado? Lejos           estás de mis ruegos, de las palabras de mi clamor