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Misión diplomática

De chica, yo quería pertenecer al cuerpo diplomático. Apenas pude, redacté una larga solicitud de empleo. La guardé bien doblada en un sobre oficio americano y anduve por ahí buscando a quien pudiera dársela, a quien pudiese ofrecerme, oficialmente, un cargo autorizado, permanente, de embajadora. El sobre se me ajó y la solicitud envejeció inevitablemente. Y ya no preparé solicitudes porque entendí hace tiempo que no hay empleador para quien quiere ser embajadora del viento, de la lluvia, de los pájaros, de las cosas que son o que no han sido, del tiempo que se aferra en seguir mientras nosotros vamos y venimos; mientras nosotros venimos y nos vamos. Ya no presentaré solicitud para un empleo que ejerzo sin autorizaciones ni decretos ignoro desde cuándo. Si defrauda mi voz la representación que usurpo y me cancelo la licencia o me jubilo por invalidez, siempre seré, a escondidas, embajadora de mi vocación y de mí misma. Por entenderlo, gracias. Por disculparme, gracias.

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