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Romance de la migajita

«¡Détente! Que está rendida, ¡eh, contente, no la mates!» Y aunque la gente gritaba Corraía como el aire, Cuando quiso ya no pudo, Aunque quiso llegó tarde, Que estaba la Migajita Revolcándose en su sangre. . . Sus largas trenzas en tierra, Con la muerte al abrazarse, Las miramos de rodillas Ante el hombre, suplicante; Pero él le dio tres metidas Y una al sesgo de remache. De sus labios de claveles Salen dolientes los ayes, Se ven entre sus pestañas, Los ojos al apagarse. . . Y el Ronco está como piedra En medio de los sacrifantes, Que lo atan codo con codo Para llevarlo a la cárcel. «Ve al hespital, Migajita, vete con los palticantes, y atente a la Virgen pura para que tu alma se salve. ¡Probrecita casa sin tus brazos! ¡Pobrecita de tu madre! ¿Y quién te lo hubiera dicho, tan preciosa cono un ángel, con tu rebozo de seda, con tus sartas de corales, con tus zapatos de raso que ibas llenando la calle, como guardando tus gracias, porque no se redamasen. El celo es punta de rabia, El celo alcanzó matarte, Que es veneno que hace furias Las mas finas voluntades. Esto dijo con conciencia Una siñora ya grande Que vido del papa al pepe Cómo pasó todo el lance. Y yendo y viniendo días La Migajita preciosa Fue retoñando en San Pablo; Pero la infeliz era otra; Está como pan de cera, El aigre la desmorona, Se le pintan las costillas, Se alevanta con congoja; Sólo de sus lindos ojos Llamas de repente brotan. «¡Muerto!. . .¡dése!» A la ventana la pobre herida se asoma, y vio que llevan difunto, por otra mano alevosa, a su Ronco que idolatra, que fue su amor y su gloria. Olvida que está baldada Y de sus penas se olvida, Y corre como una loca, Y al muerto se precipita, Y aulla de dolor la triste Llenándolo de caricias. «Madre, mi madre (le dice) -que su madre la seguía -, vendan mis aretes de oro, mis trasts de loza fina, mis dos rebozos de seda, y el rebozo de bolita; vendan mis tumbagas de oro, y de coral la soguilla, y mis arracadas grandes, guarnecidas con perlitas; vendan la cama de fierro, y el ropero y las camisas, y entierren con lujo a ese hombre porque era el bien de mi vida; que lo entierren con mi almohjada con su funda de estopilla, que pienso que su cabeza con el palo se lastima. Que le ardan cirios de cera, Cuatro, todos de a seis libras; que le pongan muchas flores, Que le digan muchas misas Mientras que me arranco el alma Para hacerle compañía. Tú, ampáralo con tu sombra, Sálvalo, Virgen María: Que si en esta positura Me puso, lo merecía; No porque le diera causa, Pues era suya mi vida». . . Y dando mil alaridos La infelice Migajita, Se arrancaba los cabellos, Y aullando se retorcía. De pronto los gritos cesan, De pronto se quedó fija: Se acercan los platicantes, La encuentran sin vida y fría, Y el silencio se destiende Convirtiendo en noche el día. En el panteón de Dolores, Lejos, en la última fila, Entre unas cruces de palo Nuevas o medio podridas, Hay una cruz levantada De pulida cantería, Y en ella el nombre del Ronco, «Arizpe José Marías», y el pie, en un montón de tierra, medio cubierto de ortigas, sin que lo sospeche nadie reposa la Migajita, flor del barrio de la Palma y envidia de las catrinas.