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A la muerte de Adonis

En desmayada beldad De una rosa, sol de flores, Con crepúsculos de sangre Se trasmonta oriente joven. Cortóla un dentoso arado Que, a no ser de ayal torpe, Por la púrpura que viste, Le juzgara marfil noble. Cerdoso Júpiter vibra Rayos, marfil, sobre Adonis, Y el alma que trae de Venus Hiere más, mientras más rompe. Espumoso coral vierte Que en verde esmeralda corre, Mar de sangre en quien a Venus Naufragio prepara Jove. Verdugo monstruo ejecuta De inflexible Dios rencores, Y siendo amor el vendado, Son cadahalsos los montes. «¡Ay!, fiera sangrienta, dice, Si asegundarte dispones, Advierte que en la de Venus No en mi vida, has dado el golpe. Y matar una mujer Con hazaña tan enorme, Más para escupida es, Que para esculpida en bronce». Con esto se vino a tierra Esta hermosura Faetonte, Y exhala beldad, ceniza Del sol que agoniza ardores. De la herida a la ventana El alma, al golpe, asomóse Y aunque halló en la sangre escalas Saltó atrancando escalones. Cuando de cansar las fieras, Ciudadanos de los bosques, Venía la diosa Venus Guisando a su amante amores. Perlas desata en la frente, Y su cuerpo exhala olores, Que en amorosa porfía Mejillas y aire recogen. Juega la túnica el viento Y entre nube holanda expone Relámpagos de marfil, Migajas de perfecciones. Arroyo de oro el cabello, Libre por la espalda corre, De la cual pende un carcaj, Vientre de dardos veloces. Duplica en la espalda flechas, Rigores ostenta dobles, Bruñido dardo a las fieras, Sutil cabello a los hombres. Al pequeño pie el coturno Le pone armiñas prisiones, blando muro a dura espina Que a tanta beldad se opone. Fuentes le abrió de coral, Quizá previniendo entonces, Que tanto fuego tuviese Por la sangre evacuaciones. Hilos de rubí desata Para que su nieve borden, Con que en la tez de las rosas Lácteos purpureó candores. Ramos de sangre en tal cielo Fueron cometas atroces Que le escribieron desastres En tan sangrientos renglones. Espoleóle a su desgracia Con la espina y arrojóse Desde el risco del amor Al zarzal de confusiones. Trajinaria de distancias, La vista escudriña el orbe, Ve un atleta con la muerte Luchando en rojas unciones. A Adonis vio, jaspe yerto, Por lo manchado y lo inmoble, Y por dudar lo que ve, Adrede le desconoce. Asómase toda el alma A los ojos, conocióle, Y por dudar y engañarse, Con engaños se socorre. Beber la muerte en sus labios, Cervatilla herida, escoge, Muerte bebe en barro y vida En boca rubí propone. A voces le encaña el alma Y a la de Adonis, sus voces, Como se va por la herida, Son a su prisa empellones. Mira al cielo de su rostro, Que alumbraban zarcos soles, Y halla que a eclipsarlos vino La luna de su desorden. De las mejillas, que en rosas Desabrocharon botones, Si bordados, no alelíes, Cárdenas violetas coge. El panal dulce del labio, Que entre ambrosia daba olores Si es ámbar flor maltratada, Hiel al néctar corresponde. Mas las víboras de sangre, Que se arrastran por las flores, Nueva Eurídice, la muerden, Miembros de mármol la ponen. Rabiosamente se arroja, Y es el remedio que escoge, Beberle en la boca el mismo Veneno que la corrompe. La boca avecina al labio, A heredarle el alma, adonde Como llegó Venus muerta, Alterna muerte matóles. Ay Píramo!, ay, Tisbe nueva! Riscos ablandáis que os lloren, Pues caváis en una herida Hoyo a dos vidas conforme. Con las palabras enjagua Y dando nieve en sudores, Con cansados huelgos dice Estas quejas a los dioses: «¡Ay Dios bronce! ¡ay Dios diamante! ¡ay Júpiter!, cuando adores A Europa toro, oro a Dafne, Tus amores se malogren. ¡Ay, Apolo vengativo!, Cuando con pies voladores Sigas a Dafne, de ingrato Laurel tus sienes corones. ¡Ay!, náufraga vida mía!, Que un mar bermejo te sorbe Y en la roca de la muerte Te estrellas ya sin tu norte». Dijo, y por la herida misma Hasta el corazón entróse, Que aún más allá de la vida Un dulce amor se traspone.