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Leandro y Hero

Musa, tú que conoces los yerros, los delirios, los bienes y los males de los amantes finos, dime quién fue Leandro, qué dios o qué maligno astro en las fieras ondas cortó a su vida el hilo. Leandro, a quien mil veces los duros ejercicios del estadio ciñeron de rosas y de mirtos. ya en la robusta lucha, ya con el fuerte disco, ya corriendo o nadando diestro, gallardo, invicto, amaba a Hero divina, bellísimo prodigio sobre cuantas bellezas Sesto admiró y Abido. Negro el cabello, ufano de naturales rizos, realzaba del cuello los cándidos armiños? Vióla Leandro un día en los cultos festivos que a Venus tributaban se Sesto los vecinos. (Que era sacerdotisa del templo y sacrificio, y aun emulaba en todo al sacro numen ciprio.) Vióla el gran concurso de los solemnes ritos brillar, único asombro: vióla, y quedó perdido. Y a la deidad del templo, con el nuevo, excesivo ardor que le abrasaba, frenético le dijo: ?Gran diosa de Citera, de Pafos y de Gnido, esta mortal belleza es tu traslado vivo. Perdona, pues, si a ella tus mismos cultos rindo y si un traslado adoro equívoco contigo.? Oyó Venus sus voces, oyólas el dios niño, y decretaron ambos venganzas y castigos. ¿Tanto el enojo puede en animos divinos? ¿Un lenguaje del alma ha de ser un delito? Dígame el que conozca a Venus y a Cupido si es más cruel la madre o es más cruel el hijo. Qué sé yo: cruel la madre, crüel y vengativo es el hijo, que ejerce tiránicos caprichos. Miró tierno Leandro, habló amante, instó fino, ya mudo, ya elocuente, con ojos y suspiros. Oyóle Hero con pecho ya tímido, ya esquivo, mas poco a poco un fuego la entró por los sentidos: un fuego que es veneno, un fuego que es martirio; si es martirio y veneno, ¿Cómo es apetecido? De una torre en la playa el murado recinto de esta sacerdotisa era albergue y retiro. Allí, cautos, sus padres del concurso y bullicio este bello tesoro guardaban escondido. Mas contra amor, ¿qué muro será seguro asilo si todo lo penetran sus vencedores tiros? Leandro enamorado, resuelto y atrevido, los rellanos allana, desprecia los peligros. Pasar nadando ofrece del uno al otro sitio, prometiendo himeneos nocturnos y furtivos? El joven en la playa, arrojando el vestido, a las ondas entrega con intrépido brío, y alternando de brazos y pies el ejercicio, ágil y diestro rompe el ímpetu marino? Fuese el favor del numen o fuese el norte fijo del farol, que ya cerca vio arder con grato auspicio, o fuese amor, que suele con prósperos principios atraer los amantes a infaustos precipicios, Cobrando nuevo aliento a esfuerzos repetidos, afierra de la arena el suelo movedizo. Allí a guardarle sola su fina esposa vino, y al verle tiembla toda de susto y regocijo. ?Ven, esposo - le dice -, llega a los brazos míos; para exponerte tanto, ¿cómo ha de haber motivo? Amor venció tan duro insólito camino. ¿Cómo vienes? ¿Qué numen tu conductor ha sido?? Así diciendo, enjuga los restos del rocío salobre que del cuerpo corrían hilo a hilo, y a la torre le guía, aliviando el prolijo afán con oficiosos brazos entretejidos. Entretanto Himeneo, volando en torno, el vivo sagrado fuego enciende de sus nupciales pinos. Pero antes que saliese el astro matutino, ya volvía Leandro a su confín nativo. Así todas las noches por el silencio amigo iba nadando a Sesto, centro de sus cariños? En fin, salió una aurora con ceño y desaliño; siguióse triste día en tenebroso Olimpo. La noche añadió horrores, y para más cumplirlos dio licencia a los vientos Éolo, su caudillo? Leandro, en tanto, triste, anhelaba ver tranquilo el mar, y ya calmados los vientos enemigos. Pero al fin, impaciente, cediendo a su destino, fuese a la playa, y de esta manera habló consigo: ?Corazón, ¿qué te espanta? ¿Qué importará que, tibios, huyamos de una muerte si de otra morimos?? Dijo, y de su arrestado amante desvarío impelido, se arroja al mar embravecido. Y a pesar de su furia, contra los torbellinos lucha con fuerte brazo por no poco distrito. Pero ya se redoblan del Aquilón los silbos, levanta el mar sus olas, aumenta sus bramidos. ¡Ay, mísero Leandro, ya con dolor te miro contiguo a las estrellas y al Tártaro contiguo! Agotadas las fuerzas, sin aliento, sin tino, y del farol amado el claro norte extinto, viendo por todas partes presente a los sentidos de la pálida muerte el bárbaro cuchillo, a las ondas se vuelve trémulo y semivivo, hallar piedad pensando donde nunca la ha habido: ?Ondas, si darme muerte es decreto preciso, no a la ida, a la vuelta matadme a vuestro arbitrio.? Las crueles ondas niegan al ruego oídos y le sepultan dentro de su profundo abismo. Entonces, exhalando el último suspiro, tres veces a Hero llama con lamentable grito?

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