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Afrodita en el polvo

El sol, colérico de sales, contra el agua arremete. Hermano con hermana se acarician. Y un cielo azul está (cubriéndola), encima de la tierra: hijos nosotros de esa feroz contradicción, las bestias. Pero de líquenes, de aceites, el cielo en la tierra se vacía. Cargada queda así, a punto de parir lechuzas, tallos o tubérculos, cuando del cielo, del esposo, cae la sangre: fuimos nosotros, nunca el tiempo, quienes violentos arrancamos los testículos de óxido del cielo y con el fruto de la castración construimos este altiplano de mercurio y sodio. Dejando atrás espumas, violenta la sonrisa, el amor enraizó aquí su cabellera; porque fueron sus hebras las crecidas, tiernas ramas de los ahuehuetes. El amor reposó aquí de sus débiles miembros agotados. Y crecieron las hierbas a su paso, se elevaron águilas de espuma y cicatrices. Pero llegamos los indignos, los que nada sabíamos. Como los animales, devoramos. Hachas de piedra o bronce, machetes de ceniza. Devastamos los montes, destruimos las praderas, sepultamos a Afrodita bajo el polvo. Y ahora de la cuenca del lago sube este violento buitre de mirada blanda y en su esqueleto cálido se posa. Hemos de respirar esa desgracia. Porque los días son álamos de polvo, buitres que asedian la ciudad, nubes arteras que acaban nuestro oxígeno.