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La casa solariega

Mordiendo la granítica quebrada se yergue la casona solariega, alba de sol, con la pupila ciega, y su techumbre de ala ensangrentada. Con rumores de espuma la cascada sus vetustas murallas enjalbega, y en luminoso tornasol despliega su cola el pavo real de la cañada. Su arquitectura colonial evoca la altiva estampa de un hidalgo huraño, que vivió preso en su cabeza loca. Un Gran Danés en el portal bravea, y se desborda el mugidor rebaño, atropellando la silente aldea.