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Blue hotel

Al hilo de la siesta las callejas se adensan en un silencio impenetrable; es entonces cuando, en este verano solícito, la luz ensaya su apariencia más palpable y gravita tenaz sobre el asfalto, confirma las virtudes del sosiego. Crecen en esta hora extrañas formas de la belleza: el fardo demudado del aire, la quietud de metal de las ramas, la terca grisalla de estos muros que la hierba puntea. Miro el conjunto con desgana desde el abrigo fiel de nuestro cuarto y me miro igualmente a su través: apenas una sombra en el cristal, un súbito estremecimiento, este molino en la cabeza que me recuerda el tiempo transcurrido. Tendida entre las sábanas, casi desnuda, te desperezas vacilante, con gestos tan fingidos que tú misma sonríes. Tomo conciencia entonces de mi cuerpo y me aguija esta rara semejanza con las cosas que ahora nos rodean: así las calles o mi cuerpo, tanto da, la gris materia inerte a manos de la luz o de tus manos, lo que espera a vivir, y a vivir con violencia, en el seguro pálpito que envuelve y enardece.