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Las estaciones interiores (I)

Las lluvias perfuman la soledad de las ventanas. Un apresurado ademán asciende en las manos que gritan su incomunicación. Mientras los fuegos de la lluvia chillan como un niño que perdió sus ojos. Cada gota escribe su intolerante geografía; canta una y otra vez atropelladamente. Allí rechina el asfalto en los pies, y allí es donde el hombre que soy sufre su condena ciudadana y gris.