Dios, agazapado en el accidente nómada del juego,
se disuelve mudo y huraño en su profana contingencia,
ronda los escondrijos matemáticos y asalta el rezo
como un puro duende legendario que ríe sin respuesta,
un anacoreta menor de los desvelos en el vértigo
de los químicos vocablos que balbucearon las estrellas.
Porque este inumerable Ser sin coordenadas está ileso
de toda dimensión, es una espesa ausencia de silencios.
El relámpago y el mar (IV) Dios, agazapado...
Más poemas de Jorge Fernández Granados
Ver todos (14) →
Alondras que mueren deslumbradas (I) Carne de la fiebre...
Alondras que mueren deslumbradas (I) Corazón tan astuto...
Alondras que mueren deslumbradas (I) (El Cazador...)
Alondras que mueren deslumbradas (I) Opaca carne...
Alondras que mueren deslumbradas (I) ¿Pero dónde...
Alondras que mueren deslumbradas (I) Soliloquio...
Alondras que mueren deslumbradas (I) Sucesos...
Alondras que mueren deslumbradas (I) Tu breve chispa...