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El relámpago y el mar (IV) Dios, agazapado...

Dios, agazapado en el accidente nómada del juego, se disuelve mudo y huraño en su profana contingencia, ronda los escondrijos matemáticos y asalta el rezo como un puro duende legendario que ríe sin respuesta, un anacoreta menor de los desvelos en el vértigo de los químicos vocablos que balbucearon las estrellas. Porque este inumerable Ser sin coordenadas está ileso de toda dimensión, es una espesa ausencia de silencios.