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adentrándonos en interrogaciones que nos llevaron a descubrir al culpable de cuanto pudiera estar sucediéndonos. Y fue como perdimos la nariz, los ojos y nos arrancaron las extremidades, y perdimos las orejas, otros extraviaron la risa en la mesa de las operaciones. A mi madre también la persiguieron hasta que dieron con ella y nunca más alcancé a verla claramente; la enclaustraron en una oficina. Tengo noticias que a mi padre lo sacrificaron en una Cia. de aguas gaseosas. Trabajó hasta su muerte, asta que decidieron sacrificarlo amarrándole un tigre a la espalda hasta que chille, y luego ardió y sus cenizas arañaron las paredes de cualquier cantina repleta de aserrín, de discos de Paul Anka y la Sonora Matancera, como una despedida como un último brindis; y aquella fue la hora más solitaria del mundo.

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