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CRÓNICA DEL FORASTERO (XXIII)

Para qué me preguntas. Todos moriremos. Eso no me ayuda. No, realmente no. Gunnard Ekelof Lo que importa es estar vivo y entrar a la casa en el desolado mediodía de la vida. El río pasa recogiendo la calle polvorienta. Los satélites artificiales pueden rodear la tierra, pero nada saben de ellos los bueyes enyugados a las carretas. Es el mismo de otro siglo el gesto del campesino al descargar un saco de trigo, el polvillo de la molienda danza en el sol sin memoria, escuchamos el trote de los ratones entre los sacos dormidos en la bodega, y el oculto resplandor de las cosas tiene un secreto revelado por los aromos. Escucho el pitazo del tren cortando en dos al pueblo. El pueblo donde pedí tres deseos al comer las primeras cerezas, donde me regalaron una lámpara humilde que no he vuelto a hallar, el pueblo que tenía unos pocos miles de habitantes cuando nací, y fue fundado como un Fuerte para defenderse de los mapuches (todo eso era nuestro Far West). El pueblo donde aún humean mantas junto a cocinas a leña y el invierno es la travesía de un tempestuoso océano. Si me pidieran recordar algo más allá de las calles donde di los primeros pasos no sabría mucho que decir. Creo que he estado en otros países he visto día a día en las ciudades vehículos iluminados como trasatlánticos llevar rostros fatigados de un matadero a otro. ?La vida es un pretexto para escribir dos o tres versos cantantes y luminosos?, escribió un poeta, pero tal vez yo no sea de verdad un poeta. Me amo a mí mismo tanto como a mi prójimo pero estoy dispuesto a desaparecer junto a todo mi prójimo. Puedo rezar sin creer en dios, a las noticias del día suelo preferir leer memorias de oscuros personajes de otras épocas o contemplar los gorriones picoteando maravillas. De nuevo alguien ve derrochar los yuyos su oro al viento. Alguien va a temer cada mañana que el sol no regrese, alguien tal vez aprenderá a leer en diarios que anuncian nuevas guerras, alguien en la noche va a tomar un carbón encendido para trazar círculos de fuego que lo protegen de todo mal. Quedaré solo en un bosque de pinos. De pronto veré alzarse los muros al canto de los gallos. Podré pronunciar mi verdadero nombre. Las puertas del bosque se abrirán, mi espacio será el mismo que el de las aves inmortales que entran y salen de él, y los hermanos desconocidos sabrán que ya pueden reemplazarme. Debo enfrentar de nuevo al río. Busco una moneda. El río ha cambiado de color. Veo sin temor la canoa negra esperando en la orilla.