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Ambigüedad del género

Estacionada en un recodo impávido de la penumbra, lo primero que hizo fue fruncir su boca violácea, de entreabiertos resquicios húmedos, y después sus ojos, y después sus ojos, un gran círculo de verde prenatal, un excitante fulgor de azogue desguazando la negrura común. Lenta o tal vez sumariamente inmóvil, con el falso recelo de quien fuera educada en la molicie glandular de los andróginos, sólo rompía el ritmo de su cuerpo algún fugaz movimiento retráctil del pubis, no defensivo sino irresoluto, y ya llegó a la altura de los porches y allí se desnudó con neutra imverecundia, exhibiendo por zonas la intrincada armonía de un cuerpo circunscrito en su contrario.