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Silva

¿Por qué nace tan llena de alegría la sonrosada aurora, y el sol que las paredes de la morada mía desde el Oriente con su lumbre dora, luce en mi corazón? ¿Por qué las aves del cielo pasajeras con trinos más suaves su música me dan tras las vidrieras de mi estrecho aposento; y la flor que respeta el sol canicular que el cielo inflama, solo bien del poeta que por humildes a las flores ama, se mece a la merced del blando viento? ¿El gozo que estremece mis entrañas brilla en el cielo, el valle y las montañas, o es mi corazón donde lo siento? En él se alberga, sí: brillo más puro desde aquí presta al sol, al campo, al río: cual siempre el mundo permanece oscuro; el luminoso rayo que a mis ojos lo ilustra es todo mío. Pasó el florido mayo con rapidez cual nuestra edad primera, vino el verano ardiente, el verdor agostando de la era; junio agrupó sus nubes, desatólas y con terrible voz bramó el torrente, arrastrando en su seno frágiles amapolas y el árbol eminente de cuyas ramas se colgaba el heno; y en lugar solitario, salva de lluvias y del fuego estivo, en pobre santuario hay una flor con cuyo aroma vivo, y que pura nacía pocos años atrás, en este día. Es flor de un acendrado sentimiento, del entusiasmo y las virtudes hija, germen de la esperanza que hasta en mis horas de tristeza aliento. Nació en sólo un momento y aunque es humilde y delicada y tierna, ni el sol ni el rayo destructor la hiere, su belleza es eterna, su celestial perfume nunca muere. Bálsamo a los pesares de mi alma bienhechora prodiga, mis inquietudes calma el solo influjo de su sombra amiga en vano estalla, en vano, la tempestad del mundo y me rodea con sus amagos el Poder tirano, la Ira que en los ojos centellea, de su metal sedienta la Avaricia, de la Discordia la inflamada tea, y doquier imperando como rey absoluto la Injusticia. Yo a mi santuario acudo y en su centro donde brilla la flor de mi ventura, refugio y paz y bienestar encuentro; y en tanto que otras almas en la tierra de su amor agotaron el tesoro, y de la duda y el error heridas ya no dirigen su mirada al cielo, yo al Dios que niegan, reverente adoro sin querer a la Fe rasgar el velo y entre la desacorde vocería que, roto el freno a la maldad, levanta la muchedumbre impía, mi voz al Dios de mis mayores canta, oveja fiel de su redil me llamo, presto el oído a su palabra santa, vivo dichoso porque espero y amo. Bella y cándida flor, cuando a tu influjo debo mi bienestar, ¿no he de cantarte? ¿No he de decir tu nombre?... Yo lo guardo como el ave al polluelo cuando brama la tempestad estremeciendo el polo: quien te venera y ama tu dulce nombre ha de saber él solo. Grato, apacible día que con el rayo de tu sol esparces la más pura alegría, dando al monte esmeraldas, diamantes al arroyo fugitivo canto a las aves, a la flor perfume, de luz diademas al laurel altivo que blando mece el matutino viento, ¿el gozo que estremece mis entrañas brilla en el cielo, el valle y las montañas, o es en mi corazón donde lo siento?

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