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Separación (I)

Ya no tocan los ángeles sus clarines y los demonios de la carne se acurrucan medrosos. Una gran sordera recorre las galerías de mi alma sin ti. Vanidosamente, pienso que mis gemidos alcanzan alturas bíblicas, y que mis brazos llenan en aspa el cielo azul, hoy turbio. No gimo, no hablo. En el silencio sin fondo se propaga mi angustia. Mis ojos persiguen tu aroma y mi olfato se ciega en tu desaparición. ¿Qué destino dar a estas manos que sostuvieron la bengala de la felicidad? ¿Cómo volver a los asuntos vulgares este pensar que vivía de tu presencia? Desencajado y roto voy, miserable carrito, al paso del asno de la melancolía, por una cuesta sin vértice, devorando las hojas del calendario vivido. Hay un sábado rojo y un domingo de luz que ya son carne y médula de mis días futuros. Con ellos, y con la aurora de tus dientes inmaculados, y con el secreto alentador de tus ojos, seguirán mis pies más seguros hacia el oriente. ¿Por qué, por quién fué quitada la escalera de mi departamento? ¿Por qué, por quién fueron tapiadas sus ventanas? ¿Por qué, por quién se ordenó mi soledad? Sólo vosotros, los que camináis indefensos y desnudos por la selva sin éxito, comprenderéis este desgarrón inefable que hace querer la vida por encima de todo. El miserable carrito sin estabilidad fué carroza y tren poderoso. Bendita, vendita tú, ¡ay de mí! ¡Bendita tú por haberme querido! Por haberme conducido a través de la felicidad, camino de la desventura.