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El devoto

En este profundo depósito de catedral, hieráticos como una triste cuadrilla de obreros de yeso los santos esperan al restaurador. En un altar y otro fueron deteriorándose, atacados por las moscas, las polillas y los abusos de la fe. Aquí ya no son San Francisco, San Valentín, San Judas, cualquiera es cualquiera, bultos humanos, desfigurados y sin nombre, esperando al viejo restaurador que murió hace tiempo. Estos anónimos que fueron rezados, celebrados, contemplados con infinita devoción son ahora mis santos. Aquí soy el único fiel y el prelado. Ante ellos me arrodillo Y rezo con más solidaridad que fe.