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Agonía

La noche del olvido me está esperando, abierta, quiere acoger mi sombra como una inmensa tumba. Su aliento me aproxima no sé qué enervadora fragancia y siento el roce de su aterida forma cual si el borde de un ala monstruosa, invisible pasara desgarrando la piel de mis sentidos. No sé cómo evadirme. No sé si abrir los brazos y aprisionar en ellos el mundo fugitivo, lo que ahora late y crece corriendo hacia las sombras, aquello que me brinda el hálito más tierno antes de abrirse al polvo. ¿Dejaré que esta presa deslumbrante se pierda cual río que agoniza en las fauces de un túnel? ¿Tendré yo que entregarme, desnudo como un niño, a esa corriente impávida que no deja su orilla? ¡Ay, si esta inalterable soledad que me ciñe pudiera ahondar su seno, ser como negra sima sin fin donde mi cuerpo no se saciara nunca! Entonces, qué relámpago perpetuo en la memoria, qué cárcel venturosa de seres consagrados para lo eterno mío. Nada hallaría su término. Cada imagen sería como una rosa en sueños sin crepúsculos fijos. Cada instante tendría todo el fluir del tiempo, tal si un espejo innúmero multiplicase el mundo. Pero, mientras se agita la rebelde arboleda donde estoy delirando, la noche del olvido me espera, me reclama y yo busco asideros, desesperado náufrago, en el torrente humano que pasa y no me advierte.