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Un caballo redondo...

Un caballo redondo entra a mi casa luego de dar muchas vueltas en la pradera un caballo pardote y borracho con muchas manchas en la sombra y con qué vozarrón, Dios mío. Yo le dije: no vas a lamer mi mano, estrella errante de las ánimas. Y esto bastó. No lo vi más. Él se había ido. Porque al caballo no se le pueden nombrar las ánimas ni siquiera lo que dura un breve, vertiginoso relámpago.