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Apolo

Marmóreo, altivo, refulgente y bello, corona de su rostro la dulzura, cayendo en torno de su frente pura en ondulados rizos el cabello. Al enlazar mis brazos a su cuello y al estrechar su espléndida hermosura, anhelante de dicha y de ventura la blanca frente con mis labios sello. Contra su pecho inmóvil, apretada, adoré su belleza indiferente, y al quererla animar desesperada, llevada por mi amante desvarío, dejé mil besos de ternura ardiente allí apagados sobre el mármol frío.

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