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De la captura nocturna de halcones por deslumbramiento

La muerte es una alondra descubierta en la noche. Ahora sé que, transida, con su brazo fervoroso de arándanos me acecha. De mi alcoba, tan lejos maduraba, tan secreta y tan dulce, certera de mi olvido, que sólo tras el mar, en otra orilla, su manto desplegaba de ternura. Fue preciso el camino. Andar por otras tierras, absorber otra luz, otra lengua, sigilosa y terrible su huella por las piedras. Con mis ojos la he visto. Estuvimos tan cerca, que el fulgor de su música, como nieve bajaba, ciega al mar, por mi cuerpo. Fue un instante de amor. Sólo el tacto luminoso y atroz de la distancia. Mas vivo, desde entonces, develada, viviendo por morir. Por bajar, o ascender, y en el infierno de su efímera mano, venturosa, sucumbir finalmente de hermosura o maldad.