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Carta de Alejandro a Aristóteles

(20 de septiembre de 336 a. de J. C.) A veces pude llamarte Maestro. Olías a barro sudoroso Aquellas tardes ennoblecidas Por el humo del sacrificio. Te pregunté por el destino Y tus ojos chocaron Saltando chispas. Mi mente debe ser Una gran hoguera. Filipo el desgraciado me dijo: 'Busca hijo mío Un reino igual a ti Porque en Macedonia no cabes'. Yo te digo a ti Oh sabio Un discurso no vale más que una razón. Ya ves en cambio Cien ciudades siempre valdrán Más que una. ¿No reconforta la nueva máscara de esta gira la fijeza de tus días? Cometes imprudencia irreparable A mis ojos Impartiendo conocimiento Como se reparte lanza. ¿De quién me diferencio ahora? Si antes abracé el conocimiento con fervor Ahora abrazo la batalla. No volverán los días Cuando tu mano era propicia Como al luto el silencio.