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Los nombres de las cosas

Si decimos madera, se oye el viento poniendo entre los árboles su música, como cuando al nombrar el pan nos llega un vaho caliente de la mies madura y al decir vino es un otoño claro lo que nos toca con su mansa lluvia. En el ala del nombre cada cosa trae el olor de una sustancia pura, la lejana verdad de su materia, los cálidos cimientos que la fundan. Si decimos madera suena el golpe del leñador entre las altas plumas vegetales, la sombra campesina si pan decimos fugitiva cruza y la mano artesana que levanta la nívea luz de la amasada espuma, y el rumor jornalero en los lagares si vino dice nuestra voz, se escucha. En la arcilla del nombre cada cosa como en pequeños ríos acumula el humano sudor, el noble esfuerzo para su claridad primera y última. Hasta nosotros vienen nombres, cosas: madera, vino, pan, metales, frutas... Satélites diarios nos rodean, sus solícitas sombras nos ayudan. Tienes que pronunciar los nombres de las cosas sintiendo su profunda realidad de materia y su invisible condensación de vida. Tal la pulpa de una almendra, en la cáscara del nombre trozos de vida, vidas diminutas, duermen y se despiertan en tus labios, hijo, cuando tus labios las pronuncian.