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De una recia calentura

De una recia calentura, de un amoroso accidente, con el frío de los celos Belardo estaba a la muerte. Pensando estaba en la causa, que quiso hallarse presente para mostrar que ha podido hallarse a su fin alegre. De verle morir la ingrata ni llora ni se arrepiente, que quien tanto en vida quiso hoy en la muerte aborrece. Empezó el pastor sus mandas y dice: «?Quiero que herede el cuerpo la dura tierra, que es deuda que se le debe; sólo quiero que le saquen los ojos y los entreguen, porque los llamó su dueño la ingrata Filis mil veces. Y mando que el corazón en otro fuego se queme, y que las cenizas mismas dentro de la mar las echen; que por ser palabras suyas en la tierra do cayeren podrán estar bien seguras de que el viento se las lleve. Y pues que muero tan pobre que cuanto dejo me deben, podrán hacer mi mortaja de cartas y papeles; y de lo demás que queda quiero que a Filis se entregue un espejo por que tenga en qué se mire y contemple. Contemple que su hermosura es rosa cuando amanece, y que es la vejez la noche a cuya sombra se prende; y que sus cabellos de oro se verán presto de nieve, y con más contento y gusto goce las horas que duerme?».