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Los habitantes del poeta

La Afrodita sin brazo izquierdo del Museo Británico irradia sueños empolvados y lo acompaña. Espíritus, musas, hechos con dirección desconocida, ídolos húmedos, sombras con tatuajes de calendario, sombras que miran con agujas de olvido jamás se van de la fiesta. Protagonizan soledad y derrota un mundo de héroes conquistados. El poeta no está solo. Reza el diario de Ana Frank y resucita muertos. Un lugar, al otro lado del mundo, le quita el sueño. El silencio lo deja exhausto y grita muertes premeditadas. En un amor dos caen sepultados durante noches sin límites. Con la sociedad que el poeta crea, escucha las dulces flautas de Tesalia. La belleza lo tortura en el banco del juicio. Asume la topografía del cuervo y enciende con símbolos una danza transparente. Cosecha amantes en la blancura de las olas en el tiempo redondo de la luna. Muere antes de morir en el cementerio inconcluso de los recuerdos. En su fuga imposible nunca está solo el poeta. Lo poseen voces inasibles y punzantes, Lo consume el aroma fatal de su amada, la palabra, esa divinidad salvaje que copula con espejos indisolubles. Madrid, Noviembre 1995