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Una roca por mitades

Tiembla cielo han llegado son los bárbaros que asoman al horizonte de la acrópolis. Han venido de tan lejos, distinta tierra a la que nombramos madre con sus batallas deslizándose en la niebla con sus caballos de formas extrañas, sus magos que todo lo crean, con sus cacharros y sus vicios con el cruel hábito de los vientres unidos en mutua soledad hembra y macho olvidando en otra boca. Son ellos, los bárbaros, después de tanto desenlace ellos sabrán qué hacer con nuestros dioses, mudos y furiosos los desbocados augurios y el silencio sospechoso de las aves. Ellos podrán, lo sabemos, aliviar los despojos de nuestra ruina. Ha ya tiempo que nuestros hombres solo miran placer en otro hombre que las féminas se desquician solitarias como la roca partida por mitades llorando agua como los avisos de líquidos minerales que se dejan escuchar en boca de los ciegos o las vírgenes. Ellos, los otros, vendrán cargados de sus hijos y sus madres llevando a cuestas el hogar y las cenizas sus muertos, la peste, el fuego. El vigía en torre grita paciencia que no son ellos. Los harapos y el desánimo son nuestro viejo rey y la corte el polvo que les cubre es de esta tierra por muy lejano que haya sido el viaje. Él partió a su encuentro siendo joven hubo quien juraba haberles visto. Ahora regresa y la ciudad tiene puertas selladas. Creímos que eran ellos, lo juro pero es sólo la maldita costumbre de esperarlos.