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Costumbres

Bajo el cielorraso cargado de lluvias están los comerciantes y sus arreos de burro, los de mercancías que hacen dormir. Dejan una vejez en mis servicios, y el polvero en los puentes llevándole a uno las lejanías. Trajeron una guitarra. La vi quemándose en el patio. Y caminar, caminar, hasta el río terminado en una piedra. El agua me tiró lejos. Más allá se borraban colinas y colinas. Así toda la noche: el cuerpo envuelto en aceite, en sábana blanca un tiempo llevado por las tejas, a los quince años de vivir creyendo estar en todas partes, de querer ropas para volar y la luna me pasaba silbando por la cara.