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RUMBO A LONDRES

Hasta aquí, amor. Aquí. Fauce abisal de mi propio deseo, encadenado y libre como el ancla entre sus limos. Aquí, ferviente explorador de gozos. No temas, cuerpo mío, arquitectura sumergida, ciudad imaginada. Gusta breve solaz, toca su lumbre, admira su contorno, prevalece. Tiniebla en la tiniebla, pez de sombra, no hay heraldo que horade tu silencio con dulce, memorable, dulce canto. No hay heraldo. Detente, alado brillo del sueño, resplandor de los cobardes. Oscura vida, ven, y tus panoplias de soledad nocturna, tus escudos heráldicos, tu faz de terciopelo, cristal anochecido del abandono. Ven, oh tú, palpitante enredadera de destrucción y plenitud, oh vida. Y no la selva familiar, ni el húmedo contacto de tu quilla con la proa del mar, no el espolón entre los senos me ofrezcas, artificio o salvación final, sí deslizante carabela, submarino solar y travesía nostálgica y feliz, hermosa y triste, lejos de Transilvania, de los ojos tan suaves, del cabello, de las manos que tanto amé y se han ido para siempre.