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La estrechez del mundo

En el límite de todo, tú adorada mía ahora que la sal del hierro no corroe los ligamentos del esperma, vienes a mí blanca, etérea, elevando tus ojos rojizos por las gargantas del océano. Condenado amor, la estrechez del mundo se interna en los mares ultrajados allí donde la luz del ciego y las camas de alquitrán ya no alcanzan para contener la esclavitud de los siervos. Bella amante de fin de siglo, tu mirada me precipita al abismo y así permanezco acosado por la esclerosis de los cuervos que soplan en mi nuca una sentencia de antiguas verdades. El hechicero que besó la horca por última vez aplaudiendo a su verdugo, las calaveras de trapo galopando en los caballos de la muerte y ese terror acumulado en la falsa renguera del enano mestizo. Esta visión endemoniada de las cosas es la furia reflejada en tus caderas de agua hoy, que los muros han caído y las alcobas muestran su miseria de lana estamos juntos en la región deshabitada del fuego.